El otro día me llamó la directora financiera de una empresa a la que asesoro y que se dedica a la búsqueda de altos directivos para otras empresas: había recibido la visita de una inspectora de trabajo. Según me contó, el motivo de la inspección era que en los anuncios que publicaban en la prensa buscaban “Directores Financieros” y con eso podría darse a entender que excluían a las “Directoras Financieras”. La inspectora, de momento, no les sancionaba pero les recomendaba que en adelante el anuncio dijera “Director/a Financiero/a”. Mi cliente me llamó atónita preguntándome si era posible legalmente. A mí me dejó perplejo.

El lenguaje llamado “políticamente correcto” hace furor, lógicamente, entre los políticos que son quienes hacen las normas y mandan en la administración. Y entre esta “corrección política” va teniendo cada vez más más éxito esa forma de dirigirse a los “ciudadanos y ciudadanas”, que acaba con los famosos “miembros y miembras” (palabras usadas públicamente por la que fue ministra en España, Bibiana Aído) o aquél otro de “jóvenes y jóvenas” (expresión de la que fue diputada de su mismo partido, Carmen Romero).
Un discurso de este tipo llevado al extremo sería absolutamente insoportable (“Jóvenes y jóvenas, miembros y miembras de nuestra sociedad que estáis aquí reunidos y reunidas, ¡no os quedéis quietos y quietas ante este aumento del número de parados y paradas: salid a la calle decididos y decididas!…”). ¿Exagero? Otro ejemplo: recientemente participé en una asamblea pública de la Junta Municipal de mi distrito en Madrid y un representante político consiguió intervenir distinguiendo en todo momento entre los madrileños y las madrileñas, todos y todas… Me quedé fascinado por tal habilidad de la que yo carezco (quizás por su inutilidad). Lógicamente no conseguí enterarme de cuáles eran sus propuestas, pero seguro que el chaval progresará adecuadamente en su partido.
¿Será posible que acabemos así? Probablemente, de momento, no ocurrirá en el lenguaje coloquial. O eso espero (“Buenos días vecino, ¿cómo están tus hijos y tus hijas? Me pareció verlos muy crecidos y muy crecidas…“). Pero no sé qué seguirá ocurriendo con el lenguaje político (ya vemos por donde se mueven desde hace tiempo), el administrativo (lo que he contado es un ejemplo de la majadería a la que se puede llegar, como si no se tuviera nada mejor en qué ocupar sus inspecciones), en el jurídico (ahora veremos) e, inmediatamente después, en el de los medios de comunicación que es lo previo a la difusión de cómo nos expresaremos todos en la calle.
Cualquier persona que sepa hablar en español sabe que en nuestro idioma el género masculino es el género no marcado y el femenino el género marcado. Esto supone que, en el ámbito legal, por ejemplo, cuando la constitución española dice que “todos los españoles son iguales ante la ley” (artículo 14) no quiere decir que las españolas no lo sean, ni que éstas dejen de tener derechos, ni nada similar. El término “los españoles” (como el de “directores financieros“, señora inspectora), incluye a todos y a todas. El artículo de la constitución no habría hecho menos por la igualdad que si hubiese estado redactado incluyendo el circunloquio “todos los españoles y todas las españolas”. Y al anuncio que busca “directores financieros”, señora inspectora, pueden responder también mujeres.
La ley española de igualdad (Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo para la igualdad efectiva de mujeres y hombres), es la que está en el origen y al final de todo este lío. Esta ley menciona constantemente a mujeres y hombres (siempre galantemente ellas por delante en la enumeración), a hijos e hijas (en este caso ellos antes ¿un resquicio de la primogenitura nobiliaria?), a trabajadoras y trabajadores (volvemos al orden anterior). Quizás tanta distinción pueda estar algo más justificada por el objeto de la ley (todos y todas iguales), pero tanta insistencia hace que su lectura sea bastante pesadita.
Esta ley establece como criterios generales de actuación de los Poderes Públicos, por ejemplo, la implantación de un lenguaje no sexista en el ámbito administrativo, y su fomento en la totalidad de las relaciones sociales, culturales y artísticas (artículo 14.11). ¿Supondrá esto que serán poco a poco mal vistas conversaciones de ascensor en las que tengamos que interesarnos, no ya por los hijos e hijas del vecino o vecina, sino por fórmulas más neutras (¿y menos sexistas?) como “los (y las) descendientes (alguien añadirá a las descendientas, no lo dudéis)”? El problema es entender qué es “sexismo” y qué tontería que confunde el género con el sexo.
De momento, parece que el uso del masculino no sexista aún se mantiene. En la exposición de motivos de la citada ley se les ha escapado al menos uno. Dice: “La medida más innovadora es el permiso de paternidad ampliable en caso de parto múltiple en dos días más por cada hijo o hija a partir del segundo.” Que no teman aquellos padres con dos hijas: incluso en este caso se beneficiarían del permiso de paternidad a partir de la segunda hija aunque la norma hable solo del “segundo”.
¿Queda, pues, alguna esperanza? Juzgad vosotros, pero creo que no. Y creo que no porque he dejado para el final a la “arroba”. Afortunadamente no se puede pronunciar, pero llegará el día, si seguimos así, en que leamos en las normas que tod@s l@s español@s somos iguales ante la ley. Ese día mi cliente estará buscando probablemente “director@s financier@s” y yo ya me podré retirar consciente de que el mundo habrá dejado de ser un sitio amable en el que vivir. Y no parece que falte mucho: de momento, en la intranet de la Universidad Autónoma de Madrid ya me reciben con un “Bienvenid@ al área privada” que me deja sin aliento.

(como siempre, continuará)
P.D. Después de escribir esto, veo en El País un artículo titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer de Ignacio Bosque. Curiosa coincidencia. No me ha dado tiempo a leerlo pero incluyo el enlace para que se encuentre fácilmente.
@ignacioalonsom